jueves, 21 de agosto de 2008

La Homilía por Fernanda. Un retrato a imagen de Dios.



ARZOBISPADO DE MENDOZA

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“No hay Amor más grande que dar la Vida…” (Jn 15,13)

Es muy difícil decir lo que vivimos en este momento, por eso es tan valioso acudir siempre a las palabras de la Iglesia en la liturgia y los textos bíblicos, porque ellos recogen y expresan del mejor modo la oración en nuestra vida. Aún así, y de la mano de la Iglesia, quiero compartir con ustedes algunas cosas que brotan con afecto y sinceridad desde el corazón.

Hace un momento nos visitaba el obispo de esta diócesis y nos regalaba palabras de consuelo invitándonos a mirar con fe la Pascua del Señor en la hermana Fernanda Mendoza que comienza a vivir ahora –decía él- su consagración definitiva a Dios.

Ahora mismo estamos celebrando la Eucaristía, la Pascua del Señor. El paso de Dios por la vida de Fernanda, el paso de Dios por nuestras vidas. Celebrando nuestra fe no dejemos de reconocerlo a Él.

Tengo que decir que aunque separados por tantos kilómetros, muchos pastores y laicos de Mendoza –algunos pudimos llegar hasta acá- hemos seguido de cerca, con oración y afecto el camino de Cruz en la hermana Fernanda. Hemos hecho entre todos, los de más lejos o más cerca, una experiencia de comunión. Comunión en la impotencia y la compasión.

Está con nosotros la Hermana Provincial, la hermana Elisa Schoreder, en su presencia y con respeto, en nombre de toda la Iglesia, quiero dar gracias a Dios por las consagradas, laicos, familiares y amigos, los sacerdotes, que buscaron y pudieron estar más cerca y le han dedicado generosamente a Fernanda su tiempo, paciencia, respeto y solidaridad en toda forma. Quiero decirles que siento que las promesas de Jesús están cumplidas: “lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40). Todo lo hecho por Fernanda ha sido hecho por Jesús. Y me animo a decir algo más. No solamente ha sido hecho “por Jesús” sino “con Jesús”.

Así lo vivió Fernanda: “con Jesús”.

¿De qué otro modo sino con Jesús es que muchos de ustedes han podido acompañarla a Fernanda y ponerse a la altura de las circunstancias? Sin Él, nada podemos.

Quiero decir también que Fernanda, esta amiga y compañera de camino, ha sido una mujer coherente siempre. Murió como vivió. Luchando. Es verdad que esta etapa final de su vida ha sido de mucho sufrimiento pero me nace del corazón esto: no tenemos derecho a dejar solo este final en nuestra memoria, tenemos que ser capaces de recordar su vida, su entrega, su testimonio.

Al principio de la celebración eucarística hemos aprovechado como antífona de entrada las palabras de Jesús: “no hay amor más grande que dar la vida…” (Juan 15,13). Eso que aprendimos de Jesús, lo hemos reconocido en Fernanda. Así vivió y así murió, dándose, ofreciéndose,…Laicos, religiosas, su Instituto, sus familiares y amigos…tenemos que estar atentos al mensaje que Jesús nos ha dado, nos da y seguirá dando en el testimonio de vida de esta mujer.

Acá hay muchas personas que conocen muy bien a Fernanda. Yo solo digo algunas cosas. Claro, tengo que decir acá, lo que no dije al principio, soy sacerdote de la diócesis de Mendoza. La hermana Fernanda, también las hermanas Laura Gallo y Ausilia Borello presentes acá, me recibieron en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de San Martín, hace muchos años, cuando llegaba como seminarista. Luego yo sería el párroco de esa comunidad. Trabajamos juntos muchos años.

Algunas personas allá en Mendoza solían decir, un poco en broma un poco en serio: ¿¡esta mujer nació para mandar!?...(por las sonrisas de ustedes veo que eso también se ha dicho por acá). Yo quiero decir: Sí, esta mujer nació para mandar. Pero mandó con autoridad. Con la autoridad del evangelio. Fue capaz de mandar y a la vez de trabajar codo a codo con los demás. Con todos: obispos, pastores, religiosas, laicos.

Mandó con la autoridad que da el servicio humilde, esforzado, constante. De esta autoridad siempre tenemos necesidad en la vida, en la Iglesia.

Fernanda ha sido sin duda una mujer carismática, apasionada, valiente, decidida. Llevaba en sus entrañas la fuerza del Evangelio, que unida a su temperamento, la enfrentó no pocas veces con la “contradicción”. Contradicción dentro y fuera de la vida eclesial. Me consta que su vida pasó por momentos difíciles. Nunca renegó de la Iglesia. Nunca se bajó de la barca. Fue siempre fiel a la Iglesia, y la sirvió en muchos lados. Sirvió a la Iglesia Universal, a la Iglesia Nacional, a las Iglesias Locales donde estuvo y en cada una de sus comunidades y parroquias.

Por eso quiero señalar también que Fernanda ha sido una mujer de gran comunión eclesial. Enamorada del Evangelio y del Concilio Vaticano II. Enamorada de la vida religiosa. Se propuso trabajar siempre con otros, rechazando toda forma de individualismo. Señaló siempre que el colegio, cualquier colegio no debía ser una isla. Luchó siempre por la integración, por una pastoral de conjunto, por la pertenencia parroquial y diocesana. Debo decir que tuvo siempre una actitud misionera también al interior de la Iglesia, y nos ha hecho mucho bien.

He reconocido en Fernanda a una mujer de profunda fe, luchadora incansable por la justicia. Un equilibrio a veces difícil en todas las vocaciones, también en la vida consagrada. Donde estuvo Fernanda fue promotora de la justicia social. Alentó a los laicos para que estén donde deben estar, transformando la familia, la sociedad. ¡Cuánto bien han hecho y harán sus palabras y testimonio a la comunidad verniana!

Fernanda ha sido consejera de muchos: de niños y jóvenes, de esposos y esposas, de religiosas, seminaristas y pastores. De ricos y pobres. Se nos manifestó a tantos peregrinos como singular compañera de camino. Eso no se olvida.

Fernanda ha sido una mujer orante. Orar con la hermana Fernanda era sentirse invitado a orar en serio, abriéndole el corazón a Dios, sin reservarse nada. Ver orar a Fernanda permitía reconocer de lejos el único dueño de su corazón: el Señor. Vivió como una mujer consagrada y se le notó siempre.

El Instituto de Ivrea tiene que ser capaz de recoger muy bien la vida de esta discípula ejemplar del Señor. Su vida y su muerte, su Pascua, es promesa de gran fecundidad para la Iglesia. Especialmente para su familia religiosa, sus familiares y amigos y la comunidad berniana toda.

Fernanda, como dice Benedicto XVI, cerró sus párpados a este mundo para abrirlos para siempre ante Dios. Nos dejó en el día de la Virgen. Ya saben ustedes que al celebrar el misterio de la Asunción, la miramos a la Virgen María, y decimos que la que estuvo siempre unida a Jesús en su vida terrena, sigue admirablemente unida a Él en la gloria. Por eso decimos con la Iglesia que reconocemos en María una nueva presencia entre nosotros y para siempre.

Alguien que quiere mucho a Fernanda dice que ella aprovechó la visita los ángeles para partir al Cielo con la Virgen. Es una imagen de mucha consolación.

Hermana Fernanda (María Ester) , discípula fiel, mujer creyente, orante, forjadora de justicia. Amiga fiel. Fuiste bendecida con una mirada creyente que sostuviste ante la vida y también ante tu propia muerte. En el día de la Virgen, te has unido de modo certero y para siempre al Señor de la Vida.

Hoy podemos y queremos decir con fe: sabemos que también estarás cada día, con nosotros para siempre. Te damos gracias porque nos has dado el mejor ejemplo: “no hay mayor amor que dar la vida…”

15 de Agosto de 2008, Asunción de Nuestra Señora

Pbro. Gerardo Raúl Aguado

Vicario General de la Arquidiócesis de Mendoza

República Argentina

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